Cuando mi esposo Carl quería formalizar el noviazgo conmigo, se lo tomó realmente en serio. Llamaba, escribía notas, hacía preguntas profundas, me compraba flores, dulces, libros, otros regalos y me invitaba a cenar. Dedicaba mucho tiempo y esfuerzo en disuadirme.

Hace mucho, en el siglo x a.C., Salomón ya había recomendado practicar esta clase de ardua dedicación al procurar otra cosa: sabiduría. Una definición que el diccionario da sobre esta palabra es «entender lo que es verdadero, correcto y duradero», lo cual suena crucial si deseamos tener una vida que glorifique a nuestro santo Dios.

Quizá por esta razón, Salomón usó en Proverbios 2 tantos verbos que requieren acción, para describir los esfuerzos que debemos hacer a fin de obtener sabiduría. Dijo: «haciendo estar atento tu oído», «si inclinares tu corazón», «si clamares», si «dieres tu voz», «si […] buscares» y «escudriñares» (vv. 2-4).

Buscar la sabiduría exige esfuerzo, y las Escrituras nos dicen dónde podemos encontrarla: «Porque el Señor da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia». Dios no está almacenando sabiduría para sí mismo, sino que «Él provee de sana sabiduría a los rectos» (vv. 6-7).

Busca al Señor de todo corazón. Él es la fuente de toda sabiduría para tu vida.